
No era un día para el arte, pues el partido requería barro y pelea. Lo aceptó el Valencia, encantado en esa parcela, y limitó al Barcelona con tantas interrupciones que nunca hubo continuidad, detenido una y otra vez el juego entre el diluvio de faltas y tarjetas. El Barça, con todo, lleva días sin ser el Barça y anhela el brillo de sus hombres buenos, impreciso en el toque y muy justito en defensa. Cojea porque Piqué está fuera de tono, porque no hay luces en la creación y porque falla cosas que antes acababan bien. Se enfrenta a lo desconocido sin la esencia que le ha hecho eterno.
Fue un combate tremendo que tuvo de todo. Hay polémica porque Pinto, esta vez Colorado en su camiseta, tocó el balón con la mano fuera del área en una acción que debió llevarle a la ducha al cuarto de hora, jugada para el asistente que pasó por alto. Y ocurrió el día después de que Sandro Rosell hablara de árbitros y reclamara cierta compensación porque, hasta la fecha, «las cosas no pintan bien». Hay emoción porque el resultado da sentido a la vuelta, ilusionante para ambos. Y hay debate mediático porque la gente se pregunta por Messi, que mañana será capaz de lo mejor, pero que lleva unos días espeso y desperdició un penalti que suponía algo más que un gol. Mestalla, después de cómo transcurrió todo, se da por satisfecha.
Tuvo que remar el Barcelona desde la adversidad, superado con la previsible internada por la izquierda a la que nadie encuentra remedio. Mathieu es a este Barça lo que el «Piojo» López fue al de Van Gaal y otra vez se sucedieron las caras de incredulidad cuando Jonás hizo bingo. El día de la marmota, esta historia ya se ha visto. Pero a partir de ahí, desde las urgencias, el Barcelona hizo suyo el encuentro sin que hubiera ni una pizca de lujo. Le falló Alexis un par de veces, tan poco atinado con el disparo como profundo es en sus carreras, y ha encontrado en Puyol a un héroe en estas ocasiones de emergencia. Otra vez de cabeza y otra vez en un saque de esquina, el capitán besó el escudo para ensuciar el marcaje de Víctor Ruiz y una pésima salida de Diego Alves justo un minuto después de una parada notable. La gloria dura muy poco en los porteros, aunque luego tuvo premio.
Todo fue igual de feo en la reanudación, tan trabada la película como al principio, conducida por un Barça mejorado. No renunció el Valencia, pero tampoco es que pudiera hacer mucho, más pendiente de las pulsaciones que de buscar otra alegría. De hecho, su mayor festejo fue cuando Alves confirmó que no hay unos guantes tan fiables como los suyos en los penaltis, impecable en su vuelo para desdibujar la sonrisa de Messi. Y también hubo fiesta cuando el el otro Alves, el del Barça, disparó al palo. Tan eficaz otras veces, el Barcelona ahora está negado.