Es increible la cantidad de imágenes que nos quedan en la memoria de cómo vivimos esos partidos. Hace once meses, mi compañero Martín escribió este post, y tras escribir mi comentario, me animó a darle forma y publicarlo como artículo en sí. Creo que hoy es el momento para hacerlo, con esa estrella asimilada como algo propio, con cambios que han sucedido tanto a nivel personal (la propia Julia, que en el relato aparece en el vientre de su madre, hoy mismo cumple diez meses)como a nivel social. Sin más, os dejo con mi visión del Mundial 2010, y os animo a compartir vuestro recuerdo.
Recuerdo como el primer partido no pude verlo entero. Aunque no por nervios, sino por cuestiones de trabajo. Solo pude ver la primera mitad y escuchar la segunda en el trabajo, y sentir cómo se me helaba la sangre con el gol de Suiza. Esa tarde, en la que iba con mi camiseta de la selección, más de uno y de dos me preguntaron que por qué no me quitaba la camiseta, con lo malos que "ERAN".Y recuerdo decirles que no eran malos. Que en todo caso "éramos".
Después Honduras, en casa de mis padres con mi mujer y nuestra futura criatura en su vientre. Mi padre diciendo lo bueno que era Busquets y yo diciendo lo malo que era Torres. La alegría de los dos goles. Después los partidos de Chile y Portugal con mis amigos en nuestro bar habitual (que por supuesto patrocinaba nuestro equipo de fútbol sala). En el primero, desgañitarme dando gritos a un televisor pidiendo movimiento y tiros desde la frontal en la segunda parte. En el segundo, ver como nuestras quinielas del cambio de Torres (unos pidiendo a Silva, otros a Pedro, yo a Fábregas) se iban al carajo por la aparición de un Llorente sublime ese día.
Los cuartos frente a Paraguay, de nuevo en compañía familiar. Ver a mi madre todo el encuentro dando vueltas por el salón por los nervios, la sonrisa resabiada de mi padre, la alegría de la parada de Casillas en el penalty de Cardozo, el bajón del penalty fallado, la exaltación con el gol de Villa, tocarle la barriga a Yolanda y decirle al bebé desde fuera que estábamos en semifinales.
Semifinales de nuevo en el bar, con ambiente engalanado para la ocasión: banderas, camisetas rojas por doquier, gente de pie hasta la puerta, gente que no quiere mirar por los nervios. Pensar que como metiéramos un gol aquello iba a parecer el pogo de un concierto de Pantera y sobre todo, pensar que con lo bien que estábamos jugando, que no podíamos perdonar goles ese día. Y llegó el gol, y por instinto situarmeentre mi mujer y la multitud de gente, para convertirme en una especie de muro de separación, de modo que nadie le diera un golpe accidental. Y la jugada en que Pedro no se la dio a Torres que hubiera sido la sentencia. Y la alegría y las llamadas tras el pitido del árbitro, oir fuegos artificiales y claxons de coches.
Y la final, en casa de mis padres. Quitándome la espinita personal de no haber visto la final de la Euro con ellos y pensando que estábamos ante el día que haríamos historia. Hasta con mi hermana, vía videoconferencia, ella a miles de kilómetros, en Los Ángeles (California), viéndolo online, y sufriendo doblemente: al oirnos a nosotros y luego al ver ella la jugada con su minuto de retardo. El peor partido de mi vida. El día que más he sufrido viendo fútbol. Ver la patada de De Jong a Xabi Alonso y pensar que aquello no podía ser real, que eso no había pasado y ese hombre seguía en el césped. Miedo de haber fallado las primeras oportunidades del partido, terror en el mano a mano de Robben con Casillas, rabia cuando Fábregas no se la dio a Villa frente al portero (creo que nunca insulté así a un futbolista). Y el gol de Iniesta. Quedarme callado, mudo, con las manos en la boca de sorpresa y los ojos abiertos como platos. Sin casi reaccionar. Pedir que pasaran esos minutos cuando antes, aunque se hicieron eternos.Y el pitido final del árbitro. Y taparme la cara y llorar. Sin poder hablar, mientras mis padres y mi mujer se abrazaban , y me abrazaban, oyendo la alegría de mi hermana a través del ordenador. Yo estaba quieto. Y llorando.
Reaccioné minutos después, cuando vi a Casillas levantar la copa, y lo hice para volver a hablar al vientre de mi mujer, al bebé,y decirle:
¡SOMOS CAMPEONES DEL MUNDO!