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CAFÉ FÚTBOL



12/07/2010 18:07 - by Garrincha (CAFÉ FÚTBOL)
Han pasado ya las primeras 24 horas. Si, aunque pueda parecernos mentira, el tiempo no se paró, y el mundo continuó girando, sin detenerse ni un misero segundo. El se lo pierde, nos diremos, mientras continuamos, cansados y con el cuerpo y la mente aun envueltos en una niebla espesa, pero con una sonrisa de incredulidad en los labios.

Sigo tenso, aun con un punto de cabreo hacia parte de lo vivido en la final, aun desfondado por las emociones desatadas, aun de bajón tras tanta adrenalina gastada. Hoy era día de reposo y de repaso, de revivir lo vivido, de pellizcarme para saber que estaba despierto, de dormir y comer lo que ayer no pude, de ver que en el fondo nada es distinto a lo que era antes, y sin embargo saber que si lo es. Que no era para tanto, y que si, que era para mucho, de no tener la sensación de haber logrado un éxito sin precedentes sino de al fin lograr aprobar una asignatura pendiente, no de ser héroes, sino simplemente poder decir: “misión cumplida”. Porque ni ayer éramos tan malos ni hoy somos tan buenos, porque este título no nos vuelve mejores, pero si que por fin hace que podamos creérnoslo.

Y es que no se, no siento que haber ganado el mundial me permita hablar con mas derecho o mas sabiduría sobre fútbol, no me siento superior a nadie, simplemente satisfecho con mi selección, agradecido, alegre. No, el ganar un mundial no tiene porque volverte imbecil, eso va en la personalidad de cada uno…casi tenia miedo de que fuera un virus inseparable al trofeo, pero por lo que se ve es solo un mito urbano…

Pero de lo que realmente quería hablar hoy era de un gol. Del GOL con mayúscula para la mitología balompédica española desde ayer y hasta que el fútbol muera.

Y quería hacerlo para revivir de nuevo, en mi cerebro, ese minuto que cambió para siempre nuestra percepción del fútbol, de nuestra selección, incluso diría que de nosotros mismos.

Minuto 115 del partido. Estamos, como estuvimos desde el partido ante Honduras, en el salón de Luis. Presentes, Felipe, quemasangre oficial del grupo, por designación propia, Pepe, el de porque siempre tenemos que jugar con el doble pivote, Sito, el contrapunto a Felipe, el de podemos, esto esta ganado, Luis, el anfitrión ideal (no sea cosa de que me lea y se queje) y yo, el mudo. Y es que apenas debí decir un puñado de palabras en todo el encuentro, ni cene nada, ni apenas bebí. Ni siquiera estaba sentado, como una persona normal, en una silla o en el sofá, sino tirado en el suelo, pensando en que mi pesadilla se estaba completando, que los penaltis estaban ahí.

Elia por la banda, avanza por la izquierda e intenta penetrar en el área, Ramos y Cesc le taponan… ¿pudo haber obstrucción? Para mí, tal vez. El balón es recogido por Puyol, que se lo cede a Navas. Este se deshace con velocidad de un holandés que intenta agarrarle. Sigue corriendo, mientras tres contrarios le persiguen. Pasado el medio campo, se escora hacia el centro, mientras otros dos rivales se añaden a su cerco. Uno de ellos toca el balón quitándoselo, mientras otro lo despeja, pero sin demasiada potencia. El esférico le cae a Iniesta, para que este haga magia. Controla con dificultad, pero es capaz de sacar un taconazo hacia Cesc. Este intenta pasar a Torres, pero su pase es desviado por un contrario…da igual, la pelota vuelve a pies de Navas y este completa la jugada cediéndola al del Liverpool. El niño intenta un centro lejano hacia Iniesta, pero de nuevo, un holandés (y ya van cuatro veces, cuatro en una jugada) vuelve a despejarla…de nuevo mal. Y la bola es de Cesc. Y este ve a Iniesta, al que asiste soberbiamente, entre cuatro rivales. No hay fuera de juego, aunque algunos jugadores de naranja se preocupen mas de protestarlo que de seguir la jugada. Iniesta avanza, se prepara la pierna, cruza el tiro…

Y el cuero entró entre los tres palos, convertidos para la ocasión en la puerta al paraíso, la entrada a la leyenda.

Y en el salón de un piso de Cartagena, cinco tipos duros saltaban como monos gritando gol y se abrazaban sin rubor. Uno se imagina esa escena multiplicada por 100, por 1000, por un millón, en cada hogar, en cada bar, en cada rincón, y una vez más no puede evitar sentir un temor reverencial por la capacidad del fútbol para generar ese tipo de sentimientos.

Hoy, mientras meditaba sobre este artículo, pensaba en la casualidad de que precisamente los tres cambios introducidos por Vicente del Bosque, los tres, participaran en la jugada decisiva. Y uno empieza a dudar si fue solo casualidad, el destino, o simplemente un reconocimiento a una labor. Por si acaso, me decantó por la tercera, en caso de duda, prefiero favorecer a quien mas se lo merece.

Del balón robado a Elia junto al corner al fondo de las mallas de Stekelenburg apenas transcurrieron 25 segundos, 25 segundos que merecen ser recordados, de nuevo…



Como lo serán tantas veces a partir de ahora…


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