Lo titulamos como lo sentimos. Este equipo, esta Selección Española, nos obligan a soñar, los puñeteros. Han tenido que pasar cinco encuentros para que España nos diera su mejor versión en esta Copa del Mundo, el día D y la hora H. Y ante el rival con mayúsculas.
Alemania, un equipo con el que pocos contaban antes del inicio del campeonato y que ha supuesto la revolución del Campeonato y la mayor sorpresa con permiso de Uruguay. Como anécdota, recordar que en las pasadas Cervezas Fútboleras, solo
Willy Sagnol de entre todos los que fuimos preguntados aludió a ella como candidata al título. Llevaba razón el bueno de Guillermo: Alemania presentaba a esta edición un conjunto tan joven como noble, tan efectivo como poético, que en ningún momento dio el encuentro por perdido pese al despliegue de los nuestros ayer. Un conjunto que luce dignísimamente las tres estrellas bordadas de su escudo, y que cuenta con una base terroríficamente buena para años venideros. Y que de momento se lleva el haber puesto en su sitio a dos selecciones top como Inglaterra y Argentina.
Pero ayer España nos hizo volver a sentirnos en la obligación de soñar: de nuevo volvió la rápida capacidad de asociación, de nuevo volvió el peligro en los tiros lejanos, de nuevo volvió esa mezcla del toque con furia que nos llevó al éxito hace dos años. Lo describen como pocas la jugada del gol: Xavi el hábil para el furioso Puyol, quien de salto estratosférico rompía la defensa germana. España marcando un córner a Alemania en una semifinal. Para los que rondamos la treintena, esta jugada solo era realizable en nuestras consolas ochenteras.

En aquellos albores del mundo de los videojuegos ni siquiera había nacido Pedro, que se ganó un papel destacado en el encuentro de ayer. En caliente, era fácil recriminarle su no pase a Torres que hubiera supuesto la sentencia. En frío, nos damos cuenta que España no solo tiene presente sino que viene un futuro, como poco, esperanzador. Mención especial también para Casillas, el hombre que se encarga de mantenernos en pie cuando nos tiemblan las rodillas. Y para Ramos, y para Busquets. Y para todos, vaya. Porque esta sensación de levantarnos con la sonrisa en la boca sabiéndonos finalistas del mundial es nueva, y maravillosa para todos nosotros. Y si lo es, es gracias a todos ellos.
Es tan maravillosa que nos supone esa (dulce) obligación de soñar con el domingo.
De soñar con tener una sonrisa aún mayor el próximo lunes.